Endometriosis, un objetivo contra el que luchar
De nuevo sentada en el suelo entre el bidet y el armario donde suelo guardar las toallas
de baño en mi casa. La situación no me sorprendía en absoluto, no era nueva para mí.
Hace tiempo que no me molesto en llorar, simplemente me limito a concentrarme en no
sentir dolor. Me concentro en salir de mi mente y viajar, para eso valieron largas
sesiones de yoga con un profesor y horas de psicología con una buena profesional.
Los malditos calmantes que el médico me receto la ultima vez no parecen hacer el
efecto esperado, pero ha sido tanto el dolor y tan recurrente durante tantos años, que se
puede decir que he aprendido a vivir con él como quien aprende a convivir con un
compañero de piso o con una pareja solo que puedes elegir en esos dos casos, pero yo
no pude elegir entre vivir con o sin dolor, simplemente el dolor dio por hecho que debía
vivir conmigo.
A los veintitrés años, después de mucho patrullar a médicos diferentes, a hospitales de
todo el país, a todo tipo de medicinas alternativas, a causa de un dolor permanente,
recurrente y muy fuerte en la pelvis que parecía partirme en dos, el médico de un
hospital, con aire tranquilo y bata impecable, me diagnosticó la enfermedad. Nunca
había oído ese nombre, me costó dos semanas aprender a pronunciar “Endometriosis”,
un año a asimilar lo que eso significaba y toda una vida aprender a vivir con ello.
Al principio emprendí una lucha intensa contra el dolor, me resistía a creer que me
hubiera tocado a mí y a aceptar que la medicina no podía ofrecer una cura certera por el
momento, en ese aspecto se podía decir que con lo que a la enfermedad concierne, la
medicina son la ayuda de la cirugía en estos casos, ha tocado fondo por el momento.
La enfermedad me afectaba en todo, desde mi estado de ánimo hasta las relaciones
intimas con los chicos. Me ardía el alma cada vez que una hora antes de salir con mis
amigas a tomar algo como una chica normal de mi edad, tenía que llamarlas porque no
podía salir de casa o en caso de salir seria para ir al hospital. Siempre esperaba hasta el
último momento para cancelar las citas, me empeñaba en no aceptar lo que me estaba
pasando.
Y para colmo, mi novio desde hacia tres años, Juan, me dejó porque decía no poder
soportarlo mas.
Nunca supe si la endometriosis me vino de familia, pues me adoptaron al poco de nacer.
Mi lucha era tal que incluso llegue a suplicar a viva voz en la habitación de un hospital
en el que me encontraba ingresada por una de las diversas operaciones, que me
quitaran los ovarios y me dieran así la oportunidad de vivir.
No se si nunca llegue a sumirme en una depresión, pero en esta situación estuve el
suficiente tiempo como para que me diera igual lo que hicieran con mi cuerpo.
Afortunadamente mi madre logró convencerme de que fuera a visitar a un especialista,
una psicóloga, que me ayudara a canalizar la rabia, la ira, la tristeza y a evadir mi
mente.
Lola era una buena profesional, al principio me mostré reticente, no entendía porque de
repente alguien externo a mi, que no conocía y que no había visto nunca antes en mi
vida, tenia que entrometerse en mis asuntos y de esa manera parecer agrandar un
problema que yo me empeñaba en disminuir. Tenía en por sentado que como mas
hablaba de mi enfermedad mas grande se haría.
Al final, Lola logro hacerme entrar en la mente que ella no iba a hacer que un problema
apareciese por arte de magia, ya que el problema ya existía antes de que ella llegara, ella
solo iba a compartirlo. Yo solo tenia que asimilarlo y canalizarlo para poder seguir con
mi vida, ya que llegue a obsesionarme tanto con el dolor que me olvide de mi misma y
estanqué mi vida en el mas absoluto de los vacíos.
Ella me ayudó a entender que debía mantener mi cabeza ocupada y así fue como decidí
volver a la universidad para terminar el año que dejé colgado. Me ayudo a sobrevivir a
una incertidumbre permanente creada por los numerosos ingresos hospitalarios en el
poco tiempo que había transcurrido desde el día en que fui consciente de la enfermedad
y que me llevaba a preguntarme todos los días si algún día me dirían que algún órgano
más se vería afectado. Lo más duro de una operación es saber de ante mano que los más
probable es que después de esa intervención habrá otra en la que tampoco sabes que es
lo que te va a salir ni que es lo que te puede sorprender esta vez.
El día que le comenté que por un instante, solo por un instante, en un momento de
intenso dolor, llegué a pensar en la posibilidad de terminar con mi vida y así poder
descansar, Lola ni se inmuto, ni siquiera hizo la mas minima mueca de espanto como yo
había imaginado, y sus palabras respecto al asunto fueron:
“Vale, tienes endometriosis de grado IV, ¿Y que? ¿Eres peor por eso? ¿La gente no te
quiere por ese motivo? ¿Te vas a aliviar antes porque te desesperes más? Solo tienes
que abrir los ojos y ver que hay gente a tu alrededor que esta contigo. Tienes que
pensar que hay cosas peores.”
Son estas mismas las palabras que tengo en la mente siempre que me encuentro mal.
Y unos años después, cuando pude organizar mi vida, conocí a Pablo, mi marido, que
me ha apoyado muchísimo en todas y cada una de las nueve operaciones que llevo
hechas desde que le conozco, y lo seguirá haciendo, de eso estoy segura.
Tuvimos un romance muy intenso, nos casamos y en el año que siguió a mi boda nos
planteamos tener hijos y empezamos a intentarlo sin éxito durante dos años. Después de
visitar una clínica de fertilización y que dieran su opinión al respecto, no podía creer
que mi enfermedad llegara a afectarme de esa manera. Miraba mi pasado y solo veía un
montón de sufrimiento tapando los buenos recuerdos y ahora encima tener que soportar
el sufrimiento de no poder ser madre por culpa de una circunstancia que yo no había
elegido para nada, me quedaba grande, me pareció en ese momento.
Mi madre no podía entenderme, pues mis dos hermanos si son biológicamente suyos, y
creo que el hecho de ser adoptada incrementó en mi los deseos de ser madre. Y convertí
el deseo en necesidad suprema.
En parte también me movía el hecho de saber que mis ovarios podrían descansar unos
meses y que al tener un hijo posiblemente mi enfermedad mejoraría aunque solo fuera
ligeramente. Al final, logre quedarme embarazada, fueron los días mas felices de mi
vida, tenia todas mis ilusiones puestas, las mías, la de mi marido y las de mi familia que
por fin me veían feliz al completo. Pero cuatro meses después de enterarme de mi buena
suerte, a las dieciocho semanas tuve que ser ingresada por un fuertísimo dolor
abdominal que me dificultaba hasta el mínimo hecho de andar, ese dolor anunció el
aborto. Creía que era el principio de mi fin. Estuve dos meses en los que quise morir,
creí ver todo mi mundo desmoronarse ante mi sin saber porque esa dicha me había
tocado a mi. Pero me vine arriba al pensar que si me había logrado quedar embarazada
una vez podía quedarme de nuevo en un futuro próximo, y seguí con mis tratamientos.
Pero por desgracia ningún tratamiento ni seguimiento de fertilización dio
resultado. Me costó un año más asumir aquello y comprender que Pablo también lo
comprendía. De pronto, me volví a ver en lo más hondo.
Hasta que un día me dije a mi misma que no iba a dejar que la enfermedad me afectara
más, ni un solo minuto más, ni un solo día más, no iba a darle el gusto. Y me decidí a
adoptar a mi hija Andrea.
Mi hija me llenó tanto como madre que cuando tuve que ser operada por tres quistes en
el ovario, que terminaron complicándose y provocando que los médicos tuvieran que
decidir quitarme parte el útero y extirparme un ovario, mermando así las posibilidades
de ser madre para siempre, no sentí apenas el dolor, me concentré en Andrea, que no
tendría hermanos en ese sentido, pero quería que por lo menos tuviera una madre al cien
por cien como yo tuve a la mía.
A raíz de esta ultima operación, los dolores disminuyeron y cuando deciden aparecer
son más fáciles de calmar.
No nací pensando que tendría una vida montada así, ni tan solo pude decidirlo, de hecho
no pude decidir ni elegir, pero si pude elegir entre dejar que “algo” condicionara mi vida
o no, y yo no lo permití. Una cosa que no venia provocada por mi intencionadamente no
iba a decidir por mi, no iba a decir lo que debía de hacer y menos como debía sentirme.
Recuerdo los días en que pasaba las noches en vela arrodillada al lado de la cama con
un dolor insoportable, en los que solo pedía que si era verdad que había algo más en
otro mundo o como se quiera decir a lo que a mi me han enseñado que se llama
“cielo”, si era verdad que había un ser superior que podía castigarnos o aliviarnos, solo
le pedía que me dejara ser “normal”, ser “normal” durante dos semanas seguidas en mi
vida, solo dos semanas, con dos semanas me seria suficiente, que me dejara no tener
otros problemas más que los típicos de una persona de mi edad, los problemas de
chicos, de trabajo o de estudios, el típico problema sobre que ponerse el sábado por las
noches para salir, que nunca he tenido porque no era capaz de asegurar que saldría, ese
tipo de cosas que yo no podía hacer ni limitarme a solo tener. Pero hoy en día puedo
decir que no tengo todo lo que pedí, pero tengo todo lo que pude desear. Y sí, después
de años de lucha puedo estar para contar que se puede detener, que se puede controlar
para que eso no pueda contigo.
Acabo de oír la puerta de casa abrirse y cerrarse, seguro que son Pablo y la niña. Tengo
que dejaros, mi vida me espera.








