La Profesora de Inglés
Sandra, tomó el ascensor acalorada. Venía corriendo desde el aparcamiento.
Había sido una auténtica odisea encontrar un hueco donde dejar el vehículo.
Subió a la primera planta del edificio verde, anejo al Hospital Materno Infantil,
su corazón latía aceleradamente, miró el reloj, pasaban cinco minutos de la
hora de su cita con el Dr. Maldon.
Cuando iniciaba el camino por el largo pasillo, vio a una pareja joven avanzar
hacia la consulta. ¡Había llegado tarde!
Su desconcierto fue enorme cuando la secretaria le comunicó que debía
esperar al menos media hora. Su turno había pasado y el Dr. Maldon estaba ya
atendiendo a otra pareja.
Miró hacia la sala de espera y comprobó que estaba llena, no había asiento
libre. Salió al pasillo y volvió a preguntar a la secretaria:
-¿Ha dicho media hora?
-Aproximadamente.
-¿Donde puedo sentarme?
-Quizás esté abierta la sala de recuperación. Hoy no ha habido punciones.
Puede sentarse allí.
Sandra la miró interrogante
-Al fondo del pasillo. A la derecha
-Gracias
-No hay de que.
La sala estaba cerrada y decidió pasear con su carpeta de documentos pegada
al pecho, abrazándola con fuerza. Sonó un teléfono y a continuación un
hombre de edad mediana salió al pasillo. Hablaba en un tono alto y le oyó
decir- No te puedo atender, estoy en la clínica con mi mujer, luego te llamo- Al
parecer el interlocutor no estaba dispuesto a esperar y el hombre siguió
diciendo- Ya te dije que hoy no contaras conmigo, vamos a averiguar porqué mi
mujer no se queda embarazada y estamos a punto de entrar en la consulta.
No. No. Mi segunda mujer. Bueno pues me descuentas el día de vacaciones
si quieres, pero yo no dejo a mi mujer sola para una consulta médica como
ésta. Adiós.
El hombre desconectó el teléfono y se lo guardó en el bolsillo. Con gesto de
disgusto se dirigió a la sala de espera y desapareció de su vista.
Respiró hondo. Suspiró y con un gesto de su mano retiró su pelo de la frente.
Avanzó por el pasillo de nuevo. Miró el reloj, sólo habían pasado 7 minutos
desde que llegó.
Volvió sobre sus pasos y se paró delante de la puerta del laboratorio de
Andrología, se quedó quieta, leyendo un cartel que decía: ESTA UNIDAD
PERMANECERÁ CERRADA DESDE EL 23 DE DICIEMBRE HASTA EL 10 DE
ENERO, (inclusive)
La Navidad estaba próxima y hacía una semana que Miguel no le dirigía la
palabra, estaba taciturno, triste, casi enfadado y no habían mantenido
conversación alguna desde que salieran de aquel mismo pasillo dos semanas
atrás.
Sintió el impulso de entrar en el laboratorio y hablar con el analista, pera ver si
a su marido le podían repetir el estudio del semen. Pero se frenó. ¿Cómo iba a
hacer aquello sin hablar antes con Miguel? Y si le decían que si, que le daban
una cita. ¿Qué haría? ¿Llamar a Miguel? O….
Volvió a caminar por el pasillo.
Tenía que hablar con él. No podía soportar, por más tiempo, aquel silencio. Si
querían tener un bebé, tendría que ser de acuerdo mutuo y en realidad ella era
la que más deseos tenía de ser madre. A Miguel le parecía bien, pero no
mostraba entusiasmo.
Cuando iniciaron sus conversaciones sobre ser padres, era ella la que sacaba
el asunto a colación. Miguel se dejaba llevar, no se pronunciaba abiertamente.
Un día le confesó que le daba mucho miedo. Él no sabía que haría con un hijo.
Nunca había pensado en ello.
Sandra insistía, debía dejar de tomar anticonceptivos, ya llevaba 6 años
tomándolos y su organismo se resentiría, además su estabilidad laboral parecía
ser indefinida y podría llevar un embarazo y un hijo hacia delante.
-Si, si – decía Miguel- y si no sale bien y si te pones enferma y si a ti te pasa
algo y me quedo yo solo con un hijo, con un bebé, sin saber que hacer con él.
-¿Eso es todo cuanto se te ocurre pensar? Sólo piensas en ti. ¿Porque me voy
a morir yo? Lo normal es que me quede embarazada, que me ponga gordísima
y me de obsesione con los olores y el chocolate, que transcurran nueve meses
y que nazca un niño sano de una madre sana.
-Ya. Pero puede haber complicaciones y yo no me siento preparado para eso.
Pequeñas controversias y discusiones como esta eran frecuentes entre ellos.
Hasta que un día Miguel cedió.
Iniciaron sus relaciones sin cortapisas, a pesar de que a Sandra le resultaban
dolorosas. Siempre había notado molestias cuando hacía el amor, pero desde
que decidieron que querían un hijo, sus molestias se habían convertido en
dolor intenso. Aquello frenaba a Miguel y transcurridos tres meses su
insatisfacción iba en aumento.
Sandra se media la temperatura vaginal todos los días y en el pico ovulatorio,
tres o cuatro veces al día. Aquello encolerizaba a Miguel.
Una pareja entró en la clínica y ella miró el reloj de nuevo, faltan aún 15
minutos o más, se distrajo de sus pensamientos, pero sintió unas ganas
enormes de orinar. Buscó el aseo y cuando se limpio tras la micción se
horrorizó de nuevo, acababa de iniciar un sangrado oscuro y denso.
Se sentía culpable de que no tuvieran hijos, de que sus relaciones no fueran
satisfactorias, del miedo de Miguel, de no haber acudido antes a un centro de
reproducción, de haberse atiborrado de anticonceptivos durante tantos años,
de….todo.
Aquellos sangrados, cualquier día del ciclo, habían sido motivo de
preocupación cuando aún no tenía pareja, pero en todas sus visitas al
ginecólogo le habían informado que debía hacerse más pruebas y ella se había
negado. No le gustaba mostrar su anatomía más íntima de aquella manera y
los sangrados desaparecían, así es que nunca le hizo demasiado caso. Sufría
en silencio aquellas reglas tan dolorosas que apenas se mejoraban con
analgésicos o antiinflamatorios.
Cuando se fue a la universidad su único objetivo era estudiar, terminar la
carrera cuanto antes y buscar trabajo. Independizarse de sus padres era una
necesidad imperiosa y en aquella época siguió con dolores menstruales, a
veces invalidantes para acudir a clase, pero jamás le dijo nada a su madre, ni
a nadie. No tenía costumbre de hablar de sus cosas con nadie.
Cuando empezó su relación con Miguel, casi en el último curso de Filología
Inglesa, acudió a su médico de familia para que le prescribiera anticonceptivos
y entre el romanticismo y los anticonceptivos sus molestias se redujeron y
acabó acostumbrándose a la sensación dolorosa en sus relaciones sexuales.
Tras dos años de relaciones se casaron y como ninguno de los dos tenía
trabajo fijo, siguió tomando anticonceptivos, cuando Miguel aprobó las
oposiciones de enseñanza secundaria su futuro parecía más estable y ella hizo
un primer intento de convencer a Miguel para tener un hijo.
Él se negó. Aún eran muy jóvenes y tenían que disfrutar un poco de la vida,
salir con los amigos, viajar y además ella aún no tenía puesto fijo.
-Si te quedes embarazada, nadie te va a contratar y con mi sueldo estaremos
escasos de recursos- Decía Miguel cada vez que ella iniciaba la conversación.
Le dolían las piernas, se le inflamaban los tobillos y cada fin de semana tenía
dolor de cabeza. Son los anticonceptivos- pensaba ella- Tengo que dejarlos.
Me harán año en el hígado. Todos esos argumentos eran rebatidos por Miguel
en pro de su cómoda situación.
El día que Miguel cedió y pensaron que tendrían un hijo, su felicidad fue
inmensa, sin embrago cada vez que llegaban al acto amoroso ella se contraía
de dolor. Por fin fueron al ginecólogo, y tras los primeros análisis los puso en
contacto con la Unidad de Reproducción, donde el Dr. Maldon les explicó con
todo detalle el proceso de diagnóstico.
Tras la primera ecografía les informó de la posibilidad de que Sara padeciera
endometriosis, pero debía hacer una histerosalpingografía, tomar una muestra
de moco cervical y de endometrio y solicitar un cultivo y un estudio anatomopatológico.
Además de realizar estudio hormonal y serológico de ambos,
análisis de semen de Miguel y luego, si no había conclusiones concretas seguir
el estudio.
Hacía dos semanas que el Dr. Maldon les había comunicado que
efectivamente, Sara padecía endometriosis, además de un pequeño mioma sin
importancia, y que el semen de Miguel tenía baja movilidad espermática lo que
explicaba tanto su infertilidad como todas las molestias y dolores menstruales
padecidos durante tanto tiempo. Les explicó que Sara debía ponerse en
tratamiento para realizar después una intervención quirúrgica para extirpar todo
el tejido endometriósico y el mioma y después, cuando estuviese en
condiciones, iniciar un tratamiento hormonal para estimulación ovárica y tras
punción folicular, realizar fecundación in Vitro, para obtener embriones y
transferirlos después. El resultado no era muy seguro, pero había posibilidades
de conseguir un embarazo.
Su decepción, su llanto continuo, su desesperación, habían llevado a Miguel a
desistir de tener hijos. Ella lloraba y lloraba. No había conseguido convencer a
Miguel de que acudiera de nuevo a la consulta para iniciar el tratamiento
prequirúrgico. Sin embargo ella estaba decidida a hacer lo que fuese necesario
para intentarlo. Y allí estaba, con todos sus informes, con su angustia, con su
miedo, pero dispuesta a todo. Miguel estaba deprimido, retraído, como
ausente.
-Una vez que me quiten todo ese tejido que me sobra, seguro que me quedo
embarazada.
-Ya, pero a lo peor la culpa es mía- decía Miguel-
-Que no, que la culpa es mía, ya has oído al médico, las mujeres con
endometriosis tienen mucha dificultad para engendrar.
-Si yo llego a saber esto antes otro gallo me cantara.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Nada.
Y su silencio se convertía en un muro infranqueable. Y el llanto de ella la única
respuesta.
Tener un hijo era para ella, ahora, un asunto vital. No podía rendirse tan pronto.
El Dr. Maldon había dicho con claridad que podían intentarlo y que en
bastantes ocasiones se podría obtener un embarazo.
De todas maneras Miguel no quería hablar del asunto y ella estaba decidida a
continuar. Llegó a pensar incluso en la separación y ella sola tendría un hijo,
con o sin Miguel.
Estaba en sus pensamientos cuando oyó su nombre a la enfermera.
Se puso nerviosa. Se le cayó la carpeta con los documentos y mientras los
recogía del suelo gritó:
-Estoy aquí. Voy enseguida.
La enfermera le sonrió desde el fondo del pasillo
-Tranquila. La esperamos.
Recogió todo y avanzó hacia la puerta de la consulta.
-Buenos dias Dr. Maldon
-Buenos días Sara. ¿Qué tal se encuentra?
-Nerviosa y preocupada.
-¿Pero decidida a la intervención?
-Si
-Su marido no ha podido venir, según veo
-No. –Se contuvo para no darle los detalles de su ausencia-
-Bueno pues si usted está segura de lo que quiere iniciaremos el tratamiento y
en tres o seis meses estará dispuesta para ir al quirófano. Lo demás vendrá
después una vez que todo esté en orden. – La miró directamente a los ojos y
detectó sus lágrimas apuntando a salir- ¿Algún problema añadido?- preguntó-
-Mi marido no quiere hablar de esto. No quiere que me opere. Tiene miedo.
-¿Y usted tiene miedo también?
-Un poco. Pero estoy decidida. Tener un hijo es para mí lo más importante
ahora mismo y tanto si mi marido quiere como si no, yo me voy a preparar para
ello.
-De acuerdo, pero usted sabe que una situación crítica es peor aún en soledad.
-Si, pero no me importa. Yo quiero tener un hijo más que cualquier otra cosa.
-De acuerdo. Aquí tiene el tratamiento. Inícielo y llámenos dentro de un mes,
nos cuenta como le va. La enfermera le atenderá al teléfono y si usted quiere
hablar conmigo charlaremos. Dejaremos transcurrir tres meses y vuelve usted
para hacer otra inspección. A ver como se comporta ese tejido endometriósico
y si se va reduciendo, podremos continuar. ¿Alguna pregunta?
- Si. -Se detuvo un momento antes de hablar. Tragó saliva, se retiró una
lágrima con el dedo y dijo- si mi marido no quisiera continuar con esto….
¿podría hacerlo sola?
El Dr. Maldon la miró, colocó sus brazos sobre la mesa y dulcificó el gesto.
-Podrá. Pero es mucho mejor para usted que su marido la acompañe. Si no es
así tendremos que incluirla en el proceso de mujer sola y tendremos que utilizar
semen de donante.
-¿Y eso cambia en algo mi tratamiento?
-No. Su tratamiento no. Pero su vida si cambiará y mucho. Trate de
convencerlo. Un hijo se educa mejor si tiene un padre y una mujer cría mucho
mejor a su hijo si tiene al padre al lado. Le deseo suerte.
Sara salió de la consulta con esperanza pero con el corazón encogido. Salió
del edificio. Respiró hondo cuando el aire fresco le dio en la cara. Se sintió
fuerte para emprender su proyecto y sin pensarlo dos veces se dirigió a la
farmacia más próxima. Compró la medicación. Se dirigió a su coche. Montó en
él y tras un fuerte suspiro se dirigió a su trabajo. Se sentía mejor. Tranquila y
segura de que sería una buena madre, con o sin Miguel.
Han transcurrido dos años desde entonces. Sara deja a su hija Elena en la
guardería cada día. De momento sólo da clases particulares de inglés y escribe
una columna en un diario sobre experiencias de mujer. Ayuda a una vecina a
cuidar a sus hijos. Se alterna con ella y distribuye su tiempo y su dinero con
precisión y cautela. Mira al futuro con esperanza y cubre de besos a su hija
cada vez que la tiene cerca. Nada sabe de Miguel.



















