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Maldita Gota

La gota. Otra vez la maldita gota, ensuciando mi ropa interior y anunciando que la pérdida de sangre se viene de nuevo. Nada grave, pero me estaba hartando.

Ya ni sabía cuando terminaba un ciclo y empezaba el siguiente. En una sucesión continua pasaba del  sangrado abundante de los primeros días de la menstruación “normal”, a uno más espeso y amarronado que fingía ir en disminución. Al fin se parece que se acaba, hoy casi nada. Mañana ¡nada de nada! y solapadamente al otro día comenzaba otra vez, una gota, una manchita, un charco. In crescendo hasta la próxima menstruación.

Los ginecólogos opinaban que no era una enfermedad, era “una condición”, una particularidad de mi organismo.

--  “Aprenda a convivir con ella”, -- “no debe estar tan pendiente”, -- “haga su vida normal”, etc. ¿Cómo hacer una vida normal con la amenaza de una inundación inminente? ¿Es normal cargar toallitas, tampones, y ropa interior de repuesto en la cartera todos los días?

 

Desde adolescente las hormonas gobernaron mi cuerpo y también mi carácter: repentino mal humor y también la súbita sensación de que mis rodillas eran de agua, infalible preludio del ciclo menstrual. Sin dolores, eso sí, pero abundante e inexorable. No falló jamás desde que se presentó el primer día, a la semana de cumplir once años. Me acostumbré.

 

 

Esas mismas  hormonas que me sensibilizaban hasta el llanto por razones triviales,

que me provocaban una atracción irresistible hacia  los bebés,  que me hacían sentir mujer, eran las responsables del crecimiento de mis senos mucho mas allá de la moda “tabla” que  imperaba en los setentas y también me obligaba a invertir en corpiños caros. Me resigné.

Las mismas  preciosas hormonas fueron las que me permitieron embarazarme en cuanto lo decidí ¡las tres veces! Pero se me rebelaron al momento del parto, amotinadas, no produjeron dilatación alguna y fui a cesáreas. Tampoco me importó: era joven y mis bebés perfectos.

 

Los médicos dijeron que mi útero sobreestirado no soportaría otro embarazo. Decidí ligarme las trompas. Parecía  lo más sensato.

No sabía lo que me esperaba: un sube y baja emocional terrible. Al volver a casa felicísima con mi tercer bebé, era conciente que cada rutina era la última. El último chupete, la última mamadera, el último pañal, en resumen, el último bebé.

Una cosa es considerar suficiente tener tres hijos y otra muy distinta es saber que ya-no-se-puede tener otro, que éste es irrevocablemente el último. Me llevó casi dos años superarlo. Lo superé.

 

Los embarazos habían sido placenteras vacaciones de las menstruaciones, que ahora volvían a apoderarse de mi vida. Al fin un médico le puso nombre: endometriosis.

 

 

 

Y el suplicio recomenzó, seguía goteando como una canilla con el cuerito flojo, cada vez más…hasta la nueva inundación. Inevitablemente manché sábanas y pantalones blancos. Después de varios papelones renuncié a ellos para siempre. Era mi realidad y la acepté.

Vivía entre  una hemorragia  y otra. Los médicos no hacían caso de mis quejas, mis cefaleas, mis pasajes sin aviso del desgano a la euforia y siempre bailando  al ritmo de mis hormonas.

¡Cómo envidiaba a “las otras”!  Mujeres normales que no estaban esclavizadas por sus ciclos, que podían aceptar una invitación a una pileta de natación o a la playa. Que no necesitaban  hacer complicados cálculos, para que las ansiadas vacaciones cayeran en los dos miserables días “secos” del mes.

 

A los cuarenta el volumen de las hemorragias aumentó. Bolsas de hielo y reposo.

Reposo y bolsas de hielo. ¡La historia de siempre! Ya me estaba hartando.

Aguanté dos largos años vivir una vida a medias, declinando invitaciones, impedida de trabajar tiempo completo, de practicar mi deporte favorito, la equitación, porque “no es conveniente a su condición”.

 

Una mañana me dije: “Ojo, que ya tengo mas de cuarenta, la juventud ya se me fue,  me doy cuenta que la vida se me escurre entre los dedos. ¿Hasta cuando voy a seguir postergando todo?”

“Hasta la menopausia”, me contestaron.

Y entonces me rebelé: “Tengo que hacer algo, antes de que sea demasiado tarde”.

 

Al poco tiempo, desperté pegoteada a las sábanas hasta los tobillos. Otra metrorragia grande, era la tercera en un mes. Ya estaba anémica, pero por sobre todo, estaba harta.

Me levanté, me bañé y conduje el auto-- imprudentemente, es cierto--  hasta la clínica:

--“Quiero una histerectomía. ¡Y la quiero ya!”

--“Imposible” me contestaron. “Sos muy joven”

Yo estaba furiosa. Furiosa y decidida.

--“¿Joven para qué? Ya no para tener más chicos. Pero, sí, soy muy joven para morirme  de una hemorragia, para vivir anémica, para vivir a medias. Soy joven para disfrutar con mis hijos y no estar siempre “en reposo”. Soy joven para dormir con mi esposo y no con una bolsa de hielo. Demasiado joven para perderme la diversión de un picnic o un campamento.  Tan joven para tener usar siempre ropa oscura. Decididamente muy joven para vivir pendiente de esta “condición”, de esta no-enfermedad  incapacitante como si lo fuera.”

 

La vehemencia de mi discurso hizo titubear al médico de guardia que fue a buscar a su jefe:

-- “Esta es la señora quiere una histerectomía”.

El jefe de Ginecología y Obstetricia negó con la cabeza

--“La cirugía no es un capricho, no es algo que se pide. Hay indicaciones precisas…nosotros no podemos…”

--“Mire doctor, yo no soy una chiquilina caprichosa y lo entiendo. Soy veterinaria y también hago cirugías. Pero ud. entiéndame a mí”.

--“Doctora, somos casi colegas, yo la entiendo, pero…”

--“Ustedes, los médicos hombres no entienden, no es solo una pequeña incomodidad, me está robando la vida ¡desde que soy chica!”

Por su manera de mirarme comprendí que pensaba que estaba tratando con una desquiciada. Y  es que debía parecerlo. Pensé: “mejor me calmo un poco o me van a tomar por loca”.

Ensayé otra estrategia tratando de ser más razonable.

--“Doctor, a ver si nos ponemos de acuerdo, déme sus razones y yo le voy a dar las mías”

--“No es solo lo físico, hay implicancias psicológicas, el saber que ya no podrá ser madre, no es un sentimiento fácil de superar. ¡Puede arrepentirse!”

--“Doctor, tengo las trompas ligadas desde hace quince años. Ese duelo ya lo pasé hace rato”.

--“En ese caso…Después de los cincuenta hacemos histerectomías sin problemas, pero antes de los cuarenta, nunca, porque la mujer está en su edad fértil. Ud. está en el medio, en  tierra de nadie. Ningún médico tomará esa decisión”

 

--“La decisión ya la tomé yo misma. ¿Para qué me sirve este útero? Ya cumplió su misión, me dio tres hijos hermosos por lo que le estoy muy agradecida. Pero ahora no tiene ningún propósito, sólo me da problemas. Vivo pendiente de que pueda agravarse, y no son imaginaciones mías, hoy mismo desperté en un charco de sangre. ¿Qué voy a esperar? ¿Qué justificación necesita ud. para decidirse? ¿Tengo que estar en riesgo de vida?

¿Dónde tengo que firmar? Yo me hago responsable”.

 

Los convencí. Me hicieron los análisis prequirúrgicos y en dos semanas estaba operada. Creí que sería como otra cesárea. La verdad es que fue más  difícil .La recuperación fue mas larga, probablemente porque no tenía la novedad de  un bebé en mis brazos o porque ya no estaba al principio de mis treinta, sino en mis cuarenta y pico.

 

Al mes, cuando me sentí al cien por ciento, comprendí que había hecho lo correcto.

Me sentía liberada, por fin tenía las riendas de mi vida. Más me costó deshacerme del hábito tonto de inspeccionar a cada rato mi ropa interior. Un día buen día fui conciente de que ya no necesitaba llevar toallitas y me deshice de ellas ahí mismo, en el baño de un cine.

Ya pasaron más de diez desde la histerectomía y los  viví más plenamente que nunca. Jamás me arrepentí. Chau gota.

 

 
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