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Hoy: 08 Sep, 2010
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Endometriosis

 

Sólo tengo cuarenta y cuatro años, pero es como si cien descansaran sobre de

mis espaldas. Mejor dicho sobre mi pelvis.

El trajinar con mis hijos, el no poder parar un minuto entre una obligación y

otra, el creerme terriblemente necesaria e indispensable; el creer que podía ser

Todopoderosa y curarme por si sola, me llevó a no querer ver lo que realmente

tengo, lo que realmente es y existe. Me llevó a mitigar el dolor, día a día, mes a

mes, y año a año.

Pero hoy, que tengo todo el tiempo para mí (mis hijos ya pueden valerse por sí

mismos, y estoy separada). Ahora me hice el tiempo para consultar, y para

reflexionar. Por fin pude ponerle nombre al dolor, a mi dolor.

Endometriosis, se llama.

Endometriosis, le dicen.

Endometriosis; a esta enfermedad que me provoca estos dolores súbitos,

agudos y punzantes. A este compañero inesperado, aunque ya esperado de

cada momento. A este dolor, que me arremete en cualquier segundo, y en

cualquier lugar o situación. Al que me deja doblada, sin respiración (aunque en

verdad, yo soy la que dejo de respirar para ver si el tormento pasa más rápido).

Un dolor tan extremo que pareciera que mi estómago, se juntara con mi

espalda y me oprimiera todos los órganos. Un dolor tan insoportable, como si

una espada me fuera clavada de repente. Y después del cual, todo mi cuerpo

queda inerte y con los sentidos sensibilizados al máximo.

Endometriosis; a este sufrir que comenzó en mí, hace ya algunos años.

Recuerdo con vergüenza cuando con recelo, consulté a mi ginecólogo acerca

de los terribles dolores que me producían las relaciones sexuales. Él, después

de una invasiva exploración genital y casi riendo, me dijo: -No se preocupe

señora, todo está bien. ¡No es nada! ¡Tal vez su esposo está muy bien dotado!-

¡Imagínense! mi vergüenza y turbación. Salí de allí, casi llorando y corriendo. Y

nunca más, hasta ahora me atreví a preguntar nuevamente sobre mi dolencia.

(Por supuesto cambié de especialista inmediatamente, muy a pesar de que él

había traído al mundo a mis dos hijos).

En este último tiempo, me dediqué a leer en Internet y en libros de medicina

todo lo que se asemejaba con mi dolencia y encontré muchísimos relatos que

concordaban con mis síntomas. Y la verdad; lo que más me ayudó a volver a

consultar con un médico, son los blogs de ayuda. En ellos encontré respuestas

a mis preguntas. Vi que mis síntomas correspondían a una enfermedad. Vi que

no era la única en el mundo. Pude por fin, sentir que no estaba loca.

En ellos, encontré el coraje para hablar con una especialista. Y logré hallar a

una excelente doctora. Excelente no sólo como médica, sino también como

persona. Ella no me humilló al tratarme; no me hizo sentir sucia, ni trastornada.

Rápido hicimos todos los estudios necesarios, y en muy corto tiempo

obtuvimos los resultados.

– ¡Gordi, no te asustes! Vos ya tenías una idea de tu enfermedad. La

endometriosis, a veces es tan dolorosa como la que vos tenés. Pero es

tratable. Entre las dos, si pones constancia y confianza en el tratamiento,

vamos a salir adelante-

Salí de ese consultorio llorando. Ya no de impotencia ni de humillación. Lloré

de alegría, de al fin haberle puesto nombre a mi enfermedad, a mi dolencia.

Ahora que sabía cuál era, sería más fácil tratarla.

Y sería más llevadero el luchar, contra los interminables días de mi período

menstrual. Cuyo proceso ya sé de memoria: comienzo con la tremenda

inflamación del vientre, el estreñimiento, y la hinchazón y el dolor de los

pechos; después tres días de sangrado normal, con los dolores comunes a casi

todas las mujeres (¡benditas sean aquellas que nunca los sintieron!).

El cuarto día es el peor; una incontrolable hemorragia e ídem el inaguantable

dolor, lo que no me permite salir de mi casa y menos pasar muchas horas

alejada de un baño. Recuerdo una tarde que salí sólo por un rato. No hubo

toallita, ni tampón que pudieran con la terrible pérdida (es como si de golpe

dentro mío se diera vuelta una taza, y todo el líquido contenido en ella saliera

de golpe). Tuve que volver a mi hogar corriendo y con toda la ropa manchada

por la sangre.

Desde ese momento opté por recluirme y no ir a ningún lado durante ese día.

Después sigue un día, o a lo sumo dos de absolutamente ninguna pérdida y

por último tres o cuatro días más de sangrado normal.

Pero las pérdidas no terminan ahí. De los treinta días que posee un mes, veinte

me la paso con pérdidas. Un día muchas, otro día pocas, otro algunos

coágulos. Y ni hablar si tengo relaciones, o si hago un mal esfuerzo (hasta me

imposibilita a veces, el realizar las tareas normales de mi hogar).

Mi vida es…las pérdidas, los dolores y yo.

Ni hablar de las comidas, antes pesaba casi setenta kilos y comía de todo. Hoy

ni llego a sesenta y mi alimentación se redujo a solamente algunos alimentos:

arroz, pollo, zapallitos, sopas, manzana en compota y gelatinas. Debido a la

inflamación, hinchazón y al estreñimiento; dejé de lado verduras de hojas

verdes, coles, papas, pan, azúcar, café, bebidas alcohólicas, gaseosas, salsas,

fritos y todo lo que me caía mal. Así que es muy duro el ver todos los días que

puedo comer, a la par de tener que preparar sabrosas comidas para los demás.

Y si me refiero a las relaciones sexuales, no necesito más que contar que hoy

estoy sola. La dispareunia (dolor durante o después de las relaciones sexuales)

no me permitió ser plenamente una mujer y tuve la tremenda desdicha de que

a mi enfermedad, se le sumara la llamada “crisis de los cincuenta” de mi

marido. Esa época en que los hombres necesitan a cada momento demostrar

su virilidad (por lo menos mi marido es uno de esos). Y para pasarla necesitan

irremediablemente de una mujer, de su mujer. Y lamentablemente él trató y yo

traté. Y en los últimos tiempos él aguantó y yo aguanté. Pero mis dolores se

hicieron insoportables y las pérdidas continuas. Yo fui de a poco perdiendo la

pasión y el interés. Mientras que las de él aumentaban. Un día todo entre

nosotros se acabó.

No puedo hablar mal de él, fue muy comprensivo al principio. Pero todo tiene

un límite, y el suyo ya había sido sobrepasado. Se juntó todo; enfermedad,

hormonas, celos, reproches, orgullo herido y todo tipo de resentimiento. Hoy

sólo nos une lo más importante, nuestros hijos.

Pero gracias a Dios, el es un muy buen padre y un excelente amigo. Siempre

está cuando lo necesito.

Es por esto que hoy tengo todo el tiempo, que no supe hacerme antes, para

abocarme a mi enfermedad y su tratamiento. No se todavía si tendré que

operarme (recién comienzo con la medicación), si habrá que hacerme una

operación o deberán extirparme algún órgano. Sólo sé que llegué a esto por mi

culpa.

Yo me dejé estar, me equivoqué y ahora es tiempo de revertirlo. Hoy es el

tiempo de pensar solamente en mí.

Ya no siento vergüenza, ni temor. Me curé de espanto con tanto dolor y

necesito sanarme de una buena vez.

Me animé a escribir este relato por si existía alguien pasando por lo mismo que

yo pasé; sintiendo lo mismo que yo sentí, miedo, vergüenza, desazón, soledad.

Para decirles que no deben esperar por nada. Deben consultar a un médico sin

perder tiempo. Y si no le satisface lo que le dice, consultar con otro hasta dar

con el indicado; con el que sientan confianza.

Nadie debe vivir sufriendo, nadie debe sufrir para vivir. Para todo existe un

tratamiento y medicamentos que pueden aliviar nuestros síntomas y curar

nuestras enfermedades.

Ante cualquier dolor que sea recurrente y que nos imposibilite para seguir con

nuestra vida normal, lo primero que debemos hacer es recurrir a un profesional.

La vida es bella. Desde el primer rayo de sol, que nos saluda por la mañana y

nos obliga a abrir los ojos y despertar al mundo; hasta el último brillo de luna

que vemos antes de dormirnos.

De nosotros depende como la vivimos...

 

Actualizado (Domingo, 31 de Enero de 2010 16:54)

 
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