Endometriosis
Sólo tengo cuarenta y cuatro años, pero es como si cien descansaran sobre de
mis espaldas. Mejor dicho sobre mi pelvis.
El trajinar con mis hijos, el no poder parar un minuto entre una obligación y
otra, el creerme terriblemente necesaria e indispensable; el creer que podía ser
Todopoderosa y curarme por si sola, me llevó a no querer ver lo que realmente
tengo, lo que realmente es y existe. Me llevó a mitigar el dolor, día a día, mes a
mes, y año a año.
Pero hoy, que tengo todo el tiempo para mí (mis hijos ya pueden valerse por sí
mismos, y estoy separada). Ahora me hice el tiempo para consultar, y para
reflexionar. Por fin pude ponerle nombre al dolor, a mi dolor.
Endometriosis, se llama.
Endometriosis, le dicen.
Endometriosis; a esta enfermedad que me provoca estos dolores súbitos,
agudos y punzantes. A este compañero inesperado, aunque ya esperado de
cada momento. A este dolor, que me arremete en cualquier segundo, y en
cualquier lugar o situación. Al que me deja doblada, sin respiración (aunque en
verdad, yo soy la que dejo de respirar para ver si el tormento pasa más rápido).
Un dolor tan extremo que pareciera que mi estómago, se juntara con mi
espalda y me oprimiera todos los órganos. Un dolor tan insoportable, como si
una espada me fuera clavada de repente. Y después del cual, todo mi cuerpo
queda inerte y con los sentidos sensibilizados al máximo.
Endometriosis; a este sufrir que comenzó en mí, hace ya algunos años.
Recuerdo con vergüenza cuando con recelo, consulté a mi ginecólogo acerca
de los terribles dolores que me producían las relaciones sexuales. Él, después
de una invasiva exploración genital y casi riendo, me dijo: -No se preocupe
señora, todo está bien. ¡No es nada! ¡Tal vez su esposo está muy bien dotado!-
¡Imagínense! mi vergüenza y turbación. Salí de allí, casi llorando y corriendo. Y
nunca más, hasta ahora me atreví a preguntar nuevamente sobre mi dolencia.
(Por supuesto cambié de especialista inmediatamente, muy a pesar de que él
había traído al mundo a mis dos hijos).
En este último tiempo, me dediqué a leer en Internet y en libros de medicina
todo lo que se asemejaba con mi dolencia y encontré muchísimos relatos que
concordaban con mis síntomas. Y la verdad; lo que más me ayudó a volver a
consultar con un médico, son los blogs de ayuda. En ellos encontré respuestas
a mis preguntas. Vi que mis síntomas correspondían a una enfermedad. Vi que
no era la única en el mundo. Pude por fin, sentir que no estaba loca.
En ellos, encontré el coraje para hablar con una especialista. Y logré hallar a
una excelente doctora. Excelente no sólo como médica, sino también como
persona. Ella no me humilló al tratarme; no me hizo sentir sucia, ni trastornada.
Rápido hicimos todos los estudios necesarios, y en muy corto tiempo
obtuvimos los resultados.
– ¡Gordi, no te asustes! Vos ya tenías una idea de tu enfermedad. La
endometriosis, a veces es tan dolorosa como la que vos tenés. Pero es
tratable. Entre las dos, si pones constancia y confianza en el tratamiento,
vamos a salir adelante-
Salí de ese consultorio llorando. Ya no de impotencia ni de humillación. Lloré
de alegría, de al fin haberle puesto nombre a mi enfermedad, a mi dolencia.
Ahora que sabía cuál era, sería más fácil tratarla.
Y sería más llevadero el luchar, contra los interminables días de mi período
menstrual. Cuyo proceso ya sé de memoria: comienzo con la tremenda
inflamación del vientre, el estreñimiento, y la hinchazón y el dolor de los
pechos; después tres días de sangrado normal, con los dolores comunes a casi
todas las mujeres (¡benditas sean aquellas que nunca los sintieron!).
El cuarto día es el peor; una incontrolable hemorragia e ídem el inaguantable
dolor, lo que no me permite salir de mi casa y menos pasar muchas horas
alejada de un baño. Recuerdo una tarde que salí sólo por un rato. No hubo
toallita, ni tampón que pudieran con la terrible pérdida (es como si de golpe
dentro mío se diera vuelta una taza, y todo el líquido contenido en ella saliera
de golpe). Tuve que volver a mi hogar corriendo y con toda la ropa manchada
por la sangre.
Desde ese momento opté por recluirme y no ir a ningún lado durante ese día.
Después sigue un día, o a lo sumo dos de absolutamente ninguna pérdida y
por último tres o cuatro días más de sangrado normal.
Pero las pérdidas no terminan ahí. De los treinta días que posee un mes, veinte
me la paso con pérdidas. Un día muchas, otro día pocas, otro algunos
coágulos. Y ni hablar si tengo relaciones, o si hago un mal esfuerzo (hasta me
imposibilita a veces, el realizar las tareas normales de mi hogar).
Mi vida es…las pérdidas, los dolores y yo.
Ni hablar de las comidas, antes pesaba casi setenta kilos y comía de todo. Hoy
ni llego a sesenta y mi alimentación se redujo a solamente algunos alimentos:
arroz, pollo, zapallitos, sopas, manzana en compota y gelatinas. Debido a la
inflamación, hinchazón y al estreñimiento; dejé de lado verduras de hojas
verdes, coles, papas, pan, azúcar, café, bebidas alcohólicas, gaseosas, salsas,
fritos y todo lo que me caía mal. Así que es muy duro el ver todos los días que
puedo comer, a la par de tener que preparar sabrosas comidas para los demás.
Y si me refiero a las relaciones sexuales, no necesito más que contar que hoy
estoy sola. La dispareunia (dolor durante o después de las relaciones sexuales)
no me permitió ser plenamente una mujer y tuve la tremenda desdicha de que
a mi enfermedad, se le sumara la llamada “crisis de los cincuenta” de mi
marido. Esa época en que los hombres necesitan a cada momento demostrar
su virilidad (por lo menos mi marido es uno de esos). Y para pasarla necesitan
irremediablemente de una mujer, de su mujer. Y lamentablemente él trató y yo
traté. Y en los últimos tiempos él aguantó y yo aguanté. Pero mis dolores se
hicieron insoportables y las pérdidas continuas. Yo fui de a poco perdiendo la
pasión y el interés. Mientras que las de él aumentaban. Un día todo entre
nosotros se acabó.
No puedo hablar mal de él, fue muy comprensivo al principio. Pero todo tiene
un límite, y el suyo ya había sido sobrepasado. Se juntó todo; enfermedad,
hormonas, celos, reproches, orgullo herido y todo tipo de resentimiento. Hoy
sólo nos une lo más importante, nuestros hijos.
Pero gracias a Dios, el es un muy buen padre y un excelente amigo. Siempre
está cuando lo necesito.
Es por esto que hoy tengo todo el tiempo, que no supe hacerme antes, para
abocarme a mi enfermedad y su tratamiento. No se todavía si tendré que
operarme (recién comienzo con la medicación), si habrá que hacerme una
operación o deberán extirparme algún órgano. Sólo sé que llegué a esto por mi
culpa.
Yo me dejé estar, me equivoqué y ahora es tiempo de revertirlo. Hoy es el
tiempo de pensar solamente en mí.
Ya no siento vergüenza, ni temor. Me curé de espanto con tanto dolor y
necesito sanarme de una buena vez.
Me animé a escribir este relato por si existía alguien pasando por lo mismo que
yo pasé; sintiendo lo mismo que yo sentí, miedo, vergüenza, desazón, soledad.
Para decirles que no deben esperar por nada. Deben consultar a un médico sin
perder tiempo. Y si no le satisface lo que le dice, consultar con otro hasta dar
con el indicado; con el que sientan confianza.
Nadie debe vivir sufriendo, nadie debe sufrir para vivir. Para todo existe un
tratamiento y medicamentos que pueden aliviar nuestros síntomas y curar
nuestras enfermedades.
Ante cualquier dolor que sea recurrente y que nos imposibilite para seguir con
nuestra vida normal, lo primero que debemos hacer es recurrir a un profesional.
La vida es bella. Desde el primer rayo de sol, que nos saluda por la mañana y
nos obliga a abrir los ojos y despertar al mundo; hasta el último brillo de luna
que vemos antes de dormirnos.
De nosotros depende como la vivimos...
Actualizado (Domingo, 31 de Enero de 2010 16:54)



















