Banner
AddThis Social Bookmark Button

El Vuelo de la Mariposa

Laura se sentía débil aquella mañana, con pesadumbre que había caído repentinamente sobre sus hombros como una pesada piedra. Le oprimía el pecho y sentía como se desvanecía lentamente aquel dolor por toda la pelvis, extendiéndose como una llama que va quemando todo a su paso.

Laura se despertaba pronto pero se levantaba tarde, en parte por aquel malestar impertinente; perdida como única grieta en la impecable pared blanca de su habitación dejaba divagar su mente, en torno a aquello que debía realizar los siguientes días, -ya va a ser mi cumpleaños- se decía, con una tímida sonrisa en los labios que por un instante peregrino le hacían olvidar aquel malestar. Aunque siempre lo negara, para Laura los cumpleaños no eran esas celebraciones incomodas donde se añade un numero extra a la vida, a lo mejor cuando fuera más mayor comenzaría a padecer ese mal, pero por ahora le hacía feliz estar rodeada de personas, intercambiando respiraciones, palabras dulzonas y regalos, como le gustaban los regalos, desde que era una niña había conservado con ánimos aquel ritual que se repetía cada doce meses, guardando en varias cajas de zapatos algún rescoldo que le hiciera recordar. Los días de lluvia eran así, tendida en aquella cama de sabanas floreadas contemplaba con devoción los objetos escondidos como tesoros; aquella costumbre un tanto extraña le mantenía alegre el corazón.

Después de andar a la deriva de sus pensamientos, aquel dolor se hizo presente de nuevo, con la impertinencia propia de los malestares, se sintió desdichada, había recordado que era el día en que de nuevo se desilusionaba por no estar embarazada, tres años a lado de Germán, cada mes con las esperanzas suspendidas en el aire, con las ganas de estrenarse mama en los ojos; de nuevo nada, se oprimía el vientre hueco, vacio y lo apretaba con fuerza mientras sentía aquel liquido escarlata escaparse de su cuerpo, dio un salto y se paso una larga hora en el baño, preguntándose qué pasaba con su cuerpo, ya habían intentado muchas cosas, siguieron todos los consejos que los amigos con mejor suerte habían intentado, incluso hasta habían viajado seis meses atrás a un extraño lugar donde estaba un objeto con atributos milagrosos según pensaban muchos, la primera sensación de Laura fue de incredulidad, su mente convulsa no era capaz de creer que aquel objeto deforme de barro pudiera conceder el milagro de la vida, observo detenida a muchas como ella, casi clonadas iban y restregaban las manos en torno al objeto, le asusto ver tantas mujeres idénticas; murmurando con voz bajita, sintiéndose igual. –no puede haber tanta gente parecida-. Germán en cambio sonreía embobado y con los ojos brillantes delante de la estatua resucitada en las manos de tantas deseosas. Ambos palparon aquel objeto, ella con una chispita de esperanzas y el con las ansias de un niño en víspera de reyes. –Debe ser mi incredulidad- se reprochaba Laura, sumergida en la bañera.

La vida parecía incompleta sin esa presencia que se adivinaba en los rincones, escondida detrás de las fotografías, jugando en cada habitación, coloreando los muros con flores surrealistas; Laura era feliz dentro de aquella capsula donde solo existían dos, pero le hacía falta algo, envidiaba a sus amigas quienes entre jaloneos y regaños aun podían compartir algún café, incluso había hecho de canguro en el último tiempo, no por falta de dinero sino por la alegría que le proporcionaban aquellos niños prestados. Cerraba los ojos e imaginaba mil maneras de cocinar las espinacas, decorar una habitación infantil o confeccionar vestiditos de colores; alucinaciones de una solitaria, se decía a sí misma en los adentros y se miraba frente al espejo, como intentando descubrir una piel nueva naciéndole de las profundidades, se vestía y maquillaba; salía a dar una vuelta al centro comercial, adquiría cosas innecesarias y se iba deteniendo en los escaparates, Laura no entendía porque todos esos días negros que pasaba lamentándose de su decepción, siempre tenía frio, no esa clase de frio que se pasa con una manta y un chocolate caliente, sino un frio que cala, que hace doler hasta los huesos. –esto no debe ser normal, invenciones mías-. Decía mientras pagaba una larga cuenta de objetos inanimados que a lo mejor cobrarían vida en las manos de Laura, ella era como un jardín, siempre perfumada y diáfana, la chica perfecta pensó Germán cuando la vio

por primera vez en la universidad, una mirada les basto para perderse eternamente en ese abismo mágico de los sentimientos, después de un breve romance de colegiales, ambos decidieron unir sus vidas, construyendo castillos de humo, él había prometido fidelidad y refugio, ella había entregado su vida entera. Germán siempre quiso tener tres hijos, así como los tuvo su madre, la verdad que él nunca tuvo una vida complicada y su infancia transcurrían sin ningún sobresalto, Laura en cambio quería seis hijos, le parecía que aquel cariño guardado en su pecho ya apolillado era capaz de derramarse sobre tal numero de personas, todo habían sido ilusiones hasta ese día, se subía en aquel coche del año, y conducía como autómata de nuevo a la casa desierta, aquel sitio se había transformado en el ultimo año en un sitio árido, comenzaba a incomodarle el ruido guardado en los pasillos, a veces leía, a veces cocinaba deliciosas tartas de manzana que devoraba a solas, llamaba por teléfono y se desvanecía como agua extraterrestre a través de la ventana, Germán aparecía al final del día enfundado en el eterno traje negro, con corbata satinada, sonriendo, esperando el cálido abrazo de su lánguida doncella, un beso tibio en los labios y un saludo de rutina, ese era el pago de Germán por todas las horas de trabajo, no pedía mas con eso era feliz. Aquel día, Laura no sabía cómo desilusionar de nuevo a su esposo, sentía pena de desbaratarle aquellos planes que por poco germinan en sus corazones cabizbajos, paso toda la tarde tumbada en el sillón verde, a veces luchando por mantener a ralla una furtiva lagrima que intentaba desprenderse de los barrotes de sus pestañas grandes. Tomo tres cafés cargados y no quiso responder a la llamada de su amiga Ana, incluso olvido los preparativos de su fiesta de cumpleaños, por primera vez aquella celebración le pareció absurda, el tiempo transcurrió como siempre pero a Laura le pareció como si un segundo fuese una eternidad, poco a poco se fue desvaneciendo en un sueño del que deseo no regresar, su mente anacrónica se inventaba toda clase de realidades que la dejaban peor, temblaba aun a pesar de la calefacción, era definitivamente la soledad que se había instalado ocupando aquel espacio, dejando sentir su aliento a podredumbre, señalándola con los enormes dedos huesudos.

La despertó de aquel sueño retorcido y raro la voz salina de Germán, quien sorprendido de hallar todo en tinieblas se aproximo dando pasos ligeros, la encontró tendida cual princesa de cuento, ella abrió sus ojos color oliva y aquella mirada penetro en el alma de Germán como un hielo, ambos se abrazaron en el universo de su amor ya en sombras, el no necesito palabras para saber el dolor añejo de su mujer y a ella no le hicieron falta explicaciones para desilusionarlo. –Tranquila, lo volveremos a intentar- fue la frase que rompió aquel encanto, Laura no dijo nada solo se agacho sin más remedio. Esa noche Germán llevo a Laura a su restaurante favorito, le costó mucho levantarla del sofá que se encontraba como incrustado a su cuerpo, no tenia ánimos de salir, se sentía como señalada, ya las miradas que se entornaban a ella como girasoles habían cambiado de intención, ahora parecía como si en cada uno de sus gestos se hallase un culpable; además tenía ese malestar, que no dejaba de acariciarla con espinas, pero mirando el ánimo despilfarrado de su esposo hizo un esfuerzo y salieron cogidos de las manos. –Creo que es hora de ir al médico, y saber qué diablos pasa-. Su voz sonó como un estruendo partiendo a pedazos la paz de Germán. –como tú quieras-. Siempre repitiendo aquella frase tan dulce como vencida.

Después de una semana, Laura se sintió renacer de nuevo a la vida, retomo sus habituales paseos con las amigas, las intensas charlas confidentes del móvil, hasta volvió a ponerse al día con la serie que tiraban en la televisión. Los días transcurrieron con normalidad, Germán siguió en aquel trabajo, llevando de bocadillo algo más que el habitual de mortadela, un beso furtivo en el bolsillo derecho y dos caricias en el alma, a veces le daba miedo pensar que tendrían que pasar por exámenes minuciosos que determinaran el porqué no podían concebir, se cuestionaba por largos minutos frente al ordenador que pasaría si él era la causa; entonces Laura le dejaría imaginaba suspirando de pena, o quizás permanecería a su lado con la resignación de una mártir exhalando cada vez que llegase un niño a casa. Ambas cosas eran dolorosas y crueles por eso intentaba no pensar, pero era imposible, al poco tiempo se dio cuenta de que aquellos pensamientos se estaban clavando dentro de su latido, y que al poco tiempo se infectaría trayéndole consigo la

muerte al alma. Por su parte Laura no tenía miedo, estaba convencida que si Germán fuese la causa, permanecería a su lado sin reproches, y si ella fuese la causa entonces tocaría todas las puertas existentes para que aquella falta se viera cubierta, pensó en la adopción muy a pesar de su idea un tanto egoísta de tener algo de su procedencia.

Llego el día, se puso muy limpia, se vistió, salió muy temprano, aquella clínica le pareció gigantesca, por donde veía todo eran paredes de azulejo blanco, odiaba los hospitales pero que se le va a hacer, trago saliva y se abrió paso dentro de aquel paraíso en transparente con olor a medicina, espero sin saber cuánto sentada con las piernas bien juntas y apretadas hasta que por fin sonó su nombre, estaba nerviosa, le sudaban las manos y con ellas todo el cuerpo, una enfermera le daba instrucciones mientras dibujaba en su rostro ámbar una impecable sonrisa, se recostó en una cama dura y todavía más fría, el médico que le atendió no era precisamente lo que ella hubiera deseado, un hombre maduro con pesadas gafas antiguas que daba vistazos a su cuerpo, aquella fue la primera vez que se sintió tan observada, como la rana de laboratorio. –no se preocupe señora ya casi terminamos-. Replico la voz cansada, lo mismo le ocurrió a Germán quien a pesar de sus dudas se sometió a todos los estudios dándole ánimos a Laura, creyendo porque no que ambos merecían una oportunidad.

La respuesta a sus incógnitas llego, todo el tiempo que paso mientras los dos esperaban al filo de la navaja de la incertidumbre fue como una agonía, cada día era un azote de preguntas. Ambos fueron citados y acudieron sin vacilación, los dos sentados frente a un enorme escritorio de madera, con las miradas fijas en aquel medico esperaron conteniendo sus respiraciones en un vasito de agua. –Tienes usted endometriosis-. Las palabras sobraron, el silencio cayo como pesada niebla sobre cada mueble, no sabía lo que era aquella sentencia, que significaba todo eso. Laura reacciono de aquel espasmo y saturo el aire de mil preguntas, cada una fue respondida resonando en su yugular con la fuerza de su sangre exaltada. -¿Por qué a mí?- no hubo respuesta para esa

pregunta que se desdoblo como veneno sobre su columna vertebral, Germán solo la miraba, sin pronunciar ni siquiera su cariño, como un gato asustado, flotando en medio del vacío, aquel medico presintió la magnitud de aquel cuadro marcado a hierro en la espalda de la frágil Laura y la consoló con las palabras cortadas, nombrando un listado de tratamientos, procurando sazonar aquellas palabras de hiel, que bajaron por la garganta de Laura quemándole el esófago.

Todo el trayecto a casa fue en silencio, no había colores en la avenida plagada de anuncios; la realidad se desvanecía de sus pupilas y le pareció como si estuviera de nuevo soñando. Los días siguientes se tiñeron de esa profunda tristeza que padecía Laura, la hierba del jardín crecía pero ya no lo notaba en sus pies, incluso aquellas lagrimas secretas que se desbordaban cuando Germán salía de casa un día comenzaron a secarse. Ella era la mariposa atraída por la llama, ignorante de su destino. Un día Laura despertó con una palpitación diferente, tenía un presentimiento que la impulsaba, aquel día entendió por primera vez, que era la mujer más afortunada del mundo. Tenía a su lado al amor de su vida y decidió dedicar todo aquel amor encarnado en su corazón tembeleque a personas que como ella vivieran en un mundo igual de obscuro…

 

Actualizado (Lunes, 18 de Enero de 2010 23:36)

 
Banner
Banner
Banner

Nosotros subscribimos Los Principios del código HONcode de la Fundación Salud en la Red Certificado de Web de Información Médica Confiable Principios del código HONcode.
Compruébelo aquí.

ZobyHost discontinuará su servicio de alojamiento web gratuito en los próximos días.
Recomendamos a los usuarios mudar sus sitios a nixiweb | Hosting Gratis -- ¿Cómo mudar mi sitio web?