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Historia de Una Aguja

Todos guardamos cosas inútiles, cosas antiguas, cosas inservibles, cosas que al cabo del tiempo, y sin haberlo querido, forman parte de tu vida.

Son objetos que intentas tirar, pero no sabes por qué nunca acaban en la basura, tienen vida propia y van del cajón al estante, del estante al armario, y del armario de vuelta al cajón.

Yo guardo una aguja, ¿una aguja?. Sí, una aguja con su funda y todo, una aguja que durante 20 años ha estado en varios sitios.

Estuvo mucho tiempo, casi olvidada, junto con dos baberos, dos cajas de patucos y un “jersecito” azul hecho a mano, ahí permaneció, hasta que, un buen día cuando ya pude abrir ese cajón sin ponerme triste, me asombré de que estaba allí.

Y me dije:

Ya es hora de que te vayas, aquí no haces nada, y la llevé directa a la cocina para tirarla, pero claro, en la era del cambio climático y del reciclaje, me surgió una duda ¿dónde la tiro?, y como no sabía el sitio correcto, encontré una nueva ubicación, en el cesto de los botones encontrados en la lavadora, de los tornillos sobrantes, de los destornilladores que no vuelven a la caja de herramientas...

Allí ha estado hasta que alguien me recordó para qué servía la aguja. Apareció en vida en un momento doloroso, en un momento dónde me tuve que ponerme un tratamiento que cuando fui a buscarlo a la farmacia me asustó tanto como la enfermedad que trataba.

Después de tratamientos fallidos, el médico me animó diciéndome: -Se han dado cuenta (quién se había dado cuenta, preguntas que nunca intentamos que nadie responda), que unas inyecciones indicadas para el cáncer de próstata, han resultado ser útiles para tu ENDOMETRIOSIS.

Lo primero que pensé en que cómo es posible que se den cuenta de eso, suena como si de repente alguien se dedicara a probar las inyecciones en alguna mujer a ver que pasa y que por casualidad esa mujer está enferma de endometriosis, y que “·otra vez por casualidad” se den cuenta que se le retira la regla, cosa que beneficia a la enferma, casualidades ¿verdad?.

Así que no leas es prospecto (continuó el médico) porque en ningún momento vas a leer nada sobre tu enfermedad.

Bueno pues ahí estaba yo con mi receta en la farmacia.

-Hola

-Hola, vengo a por esto.

-¿Esto es para ti?

-Sí

-Pues tengo que pedirlo, no lo tengo, además es carísimo.

-¿Cuándo vengo a por ello?

-Vente mañana, y aquí estará.

Una se imagina que son inyecciones como las de toda la vida, pero oh! Sorpresa no era así, de repente cuando la farmacéutica me ve llegar desaparece y al rato sale con “una bolsa de congelados de color plata” en la mano con una pegatina naranja fluorescente en un lateral de la bolsa y me lo da.

-Aquí tienes

-¿Pero esto qué es?

-Tu inyección

-Ves el precio: 25.000 ptas. (150,25€, quizá hoy no parezca mucho dinero pero hace 20 años era un dineral) Madre mía, pues no llevo,

-No te preocupes, tiene punto negro son solo 25 ptas. (0,15€)

-¿Punto negro? -Sí, en tratamientos de enfermedades crónicas solo se paga 25 ptas, como precio simbólico.

-Bueno, pues algo es algo. Sales de la farmacia con tu bolsa como si salieses de una tienda de congelados, ignorando la cara de la gente, que seguro que pensaban “que pena, tan joven”....

Llegas a casa deseando abrirla, quitas muy despacio los ajustes al lado del asa blanca para no romper nada y te asombra lo que ves: Dos acumuladores de frío (como los de las neveras cuando te vas de excursión) flanqueando la caja de la inyección, que coges, abres y, por supuesto, lees (basta que el médico me dijera que no lo leyese para que fuera por primero que hice). “que horror, que prospecto, que efectos secundarios y que horror, QUE AGUJA (mi aguja) mejor lo doblo, lo guardo y me voy al practicante para que me lo ponga, no sea que me arrepienta.

Pensé que un profesional acostumbrado a poner inyecciones todo el día, vería como normal esa caja: dos ampollas, una con un polvo y otra con un líquido, dos agujas, y un montón de advertencias:

- ¡CUIDADO!, mezcle el contenido sin dejar ningún grumo (bueno no sé si ponía grumo, o algo parecido). Pase la mezcla de recipiente a recipiente todas las veces que sean necesarias porque es muy peligroso inyectar al paciente la mezcla mal hecha (quizá no fuese tal cual, pero es lo que recuerdo ahora)

- Inyección intramuscular, hágalo despacio, puede enquistarse.

- No use la misma aguja que usó para mezclar, use la otra para inyectar.

Cuando vi la cara de terror del practicante, no me extrañaron sus palabras: -Señora, yo no le pongo esto, busque a otro.

-Pero ¿no es Vd. practicante?

-Sí pero nunca he visto nada parecido. Después de esto, no insistí mucho yo tampoco quería que me la pusiese. Así que mi aguja, mis ampollas, y mi bolsa de congelados se fueron en busca que otro profesional que se atreviese a ponerla sin problemas.

Tuve suerte, lo encontré pronto y no sé si lo había visto alguna vez, pero no hizo ningún comentario y siguió las instrucciones al pie de la letra, y me la inyectó.

Tuve que ponérmelas 6 meses, y cuando me puse la última guardé la aguja. Vaya recuerdo ¿no?, bueno no quería olvidar lo que me había dolido y si lo olvidaba al ver la aguja seguro que lo recordaría.

Al principio se la enseñaba a la gente, mira, mira que aguja, pero no parecía causarles la misma sensación que me causó a mí y MI AGUJA acabó en el cajón que no quería abrir, hasta que, después de mucho tiempo la encontré en el cesto de los botones encontrados en la lavadora, de los tornillos sobrantes, de los destornilladores que no vuelven a la caja de herramientas.... y volvió al cajón. Ya no me parece buena idea tirarla, ¿para qué?

Ahora vuelve a estar en su sitio, con los dos baberos, con las dos cajas de patucos y un “jersecito” azul hecho a mano.

 
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