Mi Hija
No se lo podía creer… Su vida estaba a punto de terminar. No podía soportarlo, de verdad, era imposible. Se había equivocado.
Tras innumerables pruebas médicas dolorosas, acudir a todos los especialistas que le habían recomendado, llorar a escondidas para que los demás no sufrieran, esperanzas rotas por los resultados negativos impresos en un papel, se sentía frustrada, engañada, dolida.
¿Por qué yo no puedo? Quiero tener a mi hijo, lo merezco. He hecho todo lo que me han dicho. He pasado por todo. He aceptado sus diagnósticos, me he recompuesto y he vuelto a empezar- pensaba mientras caminaba por la acera mojada.
Intentaba sacarse de la cabeza las imágenes de sus “amigas”, felices con sus bebés, presumiendo de lo que hacían, lo que les estaban enseñando, de compras juntas para sus hijos… y ella nunca podría hacerlo ¡no era justo!
Había sido la última oportunidad. Carlos ya estaba cansado y trataba de convencerla de que lo mejor era dejarlo, buscar otras opciones, olvidar el tema y continuar con su vida.
Claro que me gustaría tener un hijo- decía Carlos- Sería maravilloso, pero está claro que no puede ser. No quiero que vuelvas a pasar por lo mismo. Olvídate del tema y vivamos felices juntos. Tienes a tus sobrinas para disfrutar de la “maternidad”. ¡Déjalo ya!
¿Cómo es posible que ni siquiera él me entienda?-pensaba Ana desesperada- No es lo mismo tener sobrinos que hijos. A los sobrinos les quieres, claro, pero mi hijo sería mío. ¿Es tan difícil de comprender?
No paraba de darle vueltas a lo que le había dicho el médico. Tenía que concienciarse de que tenía una enfermedad que impedía que se quedase embarazada. Aunque intentó obviarla, al fin pronunció la palabra temida: esterilidad. Ella, que siempre se había cuidado, que no fumaba ni bebía, hacía deporte, comía muy sano, no podía ser estéril, era un error.
Mirando hacia atrás se hizo su propia historia médica. La fecha de la primera regla, la periodicidad, características de la menstruación, síndrome premenstrual, primera relación sexual, los anticonceptivos que usaba, los abortos, las pruebas, los resultados, etc. Se lo sabía de memoria de tanto repetirlo.
Ninguno de los anteriores había dicho que el problema de Ana tenía nombre y era, por desgracia, frecuente. Padecía endometriosis, una enfermedad hasta hace poco tiempo desconocida, no porque no hubiese enfermas, sino porque se confundía (o se mezclaba) con otras patologías y se trataba con cierto desdén, como si su importancia fuera mínima frente a otras cosas de verdad graves.
¿Importancia mínima? ¿Cosas más graves?- pensaba Ana- ¡Que me lo digan a mí! Vivo con ese dolor desde que soy capaz de recordarlo, he perdido días de trabajo por no poder asistir, no he acudido a citas importantes porque me quedaba en casa con la manta eléctrica retorcida de dolor, y ahora, esto: no puedo tener un hijo porque soy estéril.
Este “problema” que padezco es una de las causas de esterilidad reconocidas. Me acababa de enterar porque la ginecóloga que me había visto me dio una charla completa sobre el tema en cuestión. Llegaba de un congreso en el que se había tratado el tema extensamente y quería que yo me hiciese un curso acelerado sobre mi situación.
Por supuesto se extendió en los temas científicos (que me costaba trabajo comprender) y no tuvo ni una palabra de consuelo para una mujer (yo) que llevaba años sufriendo en silencio, sin tratamiento, escuchando que todo era normal, que no pasaba nada, que a todas nos duele y no nos quejamos, etc.
Mi frustración aumentaba por momentos. Además del pasado mezclaba presente y futuro. El presente suponía un mazazo en toda regla: no podía tener hijos, era incuestionable, debía pensar en otra cosa y tragarlo rápidamente para no sufrir.
¡Qué gracia!- pensó Ana- ¡No sufrir! Porque ya se lo que pasa, porque nunca seré madre o porque no estoy loca por quejarme del dolor.
Nada me consolaba. Me daba igual el nombre de lo que tenía, o que fuera una reputada doctora la que lo había diagnosticado, lo que me importaba es que jamás podría tener hijos.
Por fin llegó a casa. Se sentó en su cocina y se preparó un café. Decidió concentrarse en el futuro: negro. Le había recomendado inyectarse una porquería que le induciría una especie de menopausia, es decir, ella que deseaba tener un hijo, se iba a pasar como mínimo los próximos seis meses sin ovular y sin ninguna garantía de que eso funcionase.
Anímate-le había dicho la doctora- no tendrás dolor en ese tiempo y puede dar resultado.
Ella no lo creía. Estaba harta de falsas promesas que no la llevaban a ninguna parte. Los últimos tres años estaban llenos de ellas…
Oyó cómo Carlos abría la puerta. No se levantó a saludarle como hacía siempre. No se sentía con fuerzas para ello. La había llamado varias veces pero no había cogido, prefería hablarle directamente, ver su cara, notar si se sentía tan mal como ella o estaba aliviado al saber que “no hay ningún problema grave”.
Carlos entró en la cocina. Nada más cruzar la mirada, supo que algo pasaba. Se acercó a Ana y la abrazó. Ana comenzó a llorar, no podía parar, sus lágrimas eran infinitas, un chorro imparable que le salía del corazón.
Cuando logró controlarse, se separó de él, le agradeció su consuelo con la mirada y comenzó a contarle lo sucedido. Intentó ser precisa, sin explicar sus sentimientos, dándole solo los datos que conocía y que la ginecóloga le había transmitido.
Él la escuchó con atención, con pena, con amor. Cuando terminó de hablar, le dijo que no se preocupase, que el tratamiento funcionaría y que lo conseguirían, los dos juntos, como siempre. Ana le abrazó con todas sus fuerzas y le dio las gracias en un susurro. Así abrazados se fueron a dormir cada uno con sus temores en la cabeza.
MAYO
Por fin se había terminado. Salía de la consulta tras haber recibido su última inyección. Se acababa el tratamiento y aún no tenía claro para qué se había sometido a él. Cierto es que no tenía dolor durante la regla (ni antes), no sufría efectos secundarios, su humor se había mantenido igual y, por mas que miraba, no se veía barba.
Lo que de verdad le importaba era que la endometriosis hubiera remitido (o lo que sea) y poder quedarse embarazada de una vez. Tenía que ver a la ginecóloga la semana siguiente y esperaba con ansiedad la cita.
Una de sus maravillosas amigas se dedicó a contarle la vida de la doctora. Horrorizada comentó que no podía tener hijos, ella que traía al mundo cientos de bebes al año, era ESTÉRIL como resultado de un fatal error.
Tuvo un embarazo ectópico –le contaba Raquel- que no se descubrió hasta que ya era tarde y su trompa de Falopio explotó, literalmente. Ya se sabe, “en casa del herrero…”
¡Cómo lo siento! –le decía Ana- Debe ser terrible para ella si desea ser madre.
¿Qué tonterías dices? –Raquel tan comprensiva- Nadie debe sentirse así. Lo de la llamada de la naturaleza y el reloj biológico es una bobada, un cuento que nos explican a las mujeres para hacernos sentir madres. ¡No puedo creer lo que estás diciendo!
Ana, por supuesto, callaba. Esta etapa le sirvió para aprender a callar, ocultar lo que de verdad sentía para no exponerse a las críticas y cuchicheos de los demás y volver a sentir que las verdaderas amigas son muy escasas y debes cuidarlas como si fueran un tesoro.
Estas mujeres que la rodeaban no eran como ella. No tenían sentimientos ni empatía, incluso creo que se alegraban de lo malo que les sucedía a las demás.
Recordó lo que le había pasado a Rosario. Tenía un hijo y deseaba un hermanito. Lo intentó muchas veces: se quedaba embarazada y abortaba al cabo de unos meses. Le hicieron pruebas genéticas, la sometieron a tratamientos muy duros, le practicaron varios abortos y legrados y no lo consiguió.
Fue su marido quien le planteó la situación y le pidió que se olvidase del asunto. Temía que le pasase algo y su hijo se quedase sin madre. Ella se convenció y, tras una depresión tremenda, desistió. Nunca supo porqué no volvía a ser madre y esa duda le ha destrozado la vida.
Mientras ella pasaba ese calvario, sus comunes amigas se reían a escondidas. A ella le ponían cara de pena y la animaban a seguir adelante pero, cuando se iba y se quedaban con Ana, criticaban a Rosario y se burlaban de su problema. Ana intentaba defenderla pero siempre le ganaban y decían que no entendía nada porque no era madre y no sabía del tema.
¡Eres una blanda! –le decía Susana- Está encaprichada porque nos tiene envidia y quiere ser como nosotras que tenemos dos o tres hijos cada una. Lo hace por competir y ganar, no porque tenga deseos de volver a ser madre.
Vale, lo que quieras, pero yo no lo veo así. ¡Me da mucha pena! –contestaba Ana.
Susana la miraba como si estuviera viendo un gusano en su microscopio y las demás, pensaban lo mismo.
Ana procuraba evitar el tema y apoyaba a Rosario en su lucha. Al final, dejaron de hablar y se fueron separando. Fue de una manera tan sutil que Ana no se dio cuenta de que la iba perdiendo.
Ahora ya no tienen ninguna relación y la verdad es que ¡la echa muchísimo de menos!
Ambas habían coincidido en una etapa complicada pero con diferencias: lo de Rosario era de dominio público. Lo de Ana solo lo sabían ella y su marido, el mejor apoyo posible. Quizás la opción de Ana hubiera sido la mejor porque, al menos, los demás pensaban que no era madre porque no quería y nadie se planteaba que tuviese un problema de salud.
Por fin llegó el día de acudir a la cita. Carlos la acompañó porque Ana estaba demasiado nerviosa y temía perder la paciencia con la ginecóloga. Fue una consulta extraña que no sirvió nada más que para hundirles en el pozo en el que ya habían entrado.
No puedo hacer nada mas por ti –le dijo la doctora- Este es el único tratamiento que podías usar y no me parece que haya dado buen resultado. No te preocupes, se puede vivir sin quedarse embarazada y, si quieres un hijo, puedes adoptarlo.
Sus palabras se clavaron en la mente de Ana como cuchillos. Ya sabía que podía adoptar, de hecho, le encantaría, pero eso supondría tener que explicar lo que pasaba y ella no estaba dispuesta a ser el nuevo centro de cotilleo. Podía parecer una excusa banal pero no lo era. Ya había pasado por una depresión profunda y se había sentido apartada del mundo real. ¡No podía volver a sufrirlo!
Salieron abrazados y preocupados pero, como siempre ¡juntos! Al llegar a casa se sentaron en el salón y hablaron durante horas. Se consolaron mutuamente y buscaron soluciones, opciones, nuevas ilusiones.
Carlos por fin confesó que él deseaba ser padre pero que siempre le había quitado importancia para que Ana no sufriera pensando en que ella era la culpable. Eso lo hizo aún más adorable a los ojos de su esposa.
Decidieron dejarse ir, es decir, continuar con su vida y disfrutar de lo que tenían sin obsesionarse innecesariamente. También optaron por cambiar de ginecólogo porque visitar a esa doctora resultaría demasiado doloroso.
JUNIO
Ana visitó a la nueva ginecóloga. La elección había sido sencilla porque le tocaba por el cupo del hospital. No le importaba en absoluto. Era una mujer joven, madre, inteligente y muy competente.
La historia clínica estaba allí, al completo. Ana no tuvo que decirle nada. La exploró con suavidad, anotó varias cosas en la ficha y le dijo: No voy a darte coba. Ya sabes lo que hay. Discrepo en algunos puntos porque conozco esta enfermedad y no es absolutamente imposible que te quedes embarazada. Cuídate y sigue con tu vida, sin obsesionarte.
Eran las primeras palabras de aliento que escuchaba en mucho tiempo y Ana se emocionó. Le dio las gracias y se fue a su casa un poco más animada y con renovadas ilusiones. En realidad, no había para tanto pero Ana sintió que una pequeña luz se encendía ante ella.
Llamó a Carlos y le esperó en casa con una cena estupenda y una botella de vino para celebrar que la había atendido una buena profesional que entendía lo que pasaba y la comprendía. Era un buen comienzo, el inicio de una nueva etapa con un rayito de esperanza al que se iban a aferrar con todas sus fuerzas.
NOVIEMBRE
Volvía a encontrarse mal, como antes de las inyecciones. Sentía náuseas, dolor abdominal, el pecho muy sensible y estaba mareada. ¿Volveré a empezar con el proceso? –pensó Ana entristecida- No se si podré soportarlo de nuevo.
Como llevaba así unos días decidió llamar a la consulta de la ginecóloga. La atendió una amable enfermera que le dijo que antes de darle la cita debía hacerse una prueba de embarazo.
Ana estaba asombrada y le preguntó si tenía delante su ficha. La enfermera respondió que si, por supuesto, y que no debía sorprenderse porque los síntomas que describía eran los de un embarazo.
Ana le dio las gracias y colgó el teléfono muy nerviosa. No sabía que pensar aunque estaba segura de que sería de nuevo la maldita endometriosis porque lo del embarazo sería un milagro.
Compró el test en la farmacia y esperó a que llegara Carlos. Le explicó lo que sucedía y vio como su cara cambiaba de color. Estaba completamente blanco pero sonrió y dijo: ¡Pues vamos! No esperes más. Tenemos que librarnos de esta incertidumbre.
Hicieron la prueba juntos. Los minutos de espera eran eternos. Cuando pasaron, no se atrevían a mirar. Ana fue la valiente y vio primero el resultado: ¡positivo! Se lo enseñó a Carlos sin poder pronunciar ni una palabra y ambos comenzaron a llorar abrazados.
No se lo podían creer. Era un milagro, su milagro. ¡Lo habían conseguido! Estaba clarísimo, iban a ser padres, Ana estaba embarazada. Tanto tiempo y sinsabores se borraron de repente y sus ojos brillaban de alegría. Esa noche la pasaron haciendo planes y durmieron poquísimo.
Al día siguiente pidieron una cita con la doctora. Se la dieron de inmediato y fueron a la consulta todavía impactados. La enfermera les recibió con una sonrisa y la ginecóloga con un saludo muy afectuoso.
Vamos a seguir el protocolo de la primera visita del embarazo –dijo con una sonrisa- Desnúdate y te hago una ecografía para ver al bebe.
Tuvieron que ayudar a Ana a desnudarse, colocarse y relajarse. ¡Iba a ver a su bebe!
Carlos agarraba su mano y miraba a la doctora, aunque sin perder de vista la pantalla. De pronto apareció la imagen del pequeño feto que Ana albergaba en su útero. Les pareció lo más hermoso que habían visto jamás y trataron de seguir las explicaciones que les daban aunque no se enteraban de nada.
Su emoción era contagiosa. La ginecóloga y la enfermera estaban encantadas y estuvieron mucho tiempo con ellos. Prepararon todo lo necesario para hacer análisis, le recetaron ácido fólico y les dijeron que se lo tomasen con calma, que era un embarazo totalmente normal y que no habría ningún problema. Harían las revisiones habituales y el seguimiento normal del embarazo y el bebe nacería en Julio.
Salieron felices. Se lo contaron a todo el mundo y recibieron la enhorabuena de la familia y de los amigos. Aunque no habían explicado todo el proceso y los problemas anteriores, quienes les querían supieron leer entre líneas y comprender y compartir la ilusión que les embargaba.
JULIO
¡Ya ha nacido! Es preciosa –pensaba Ana, tumbada en la cama del hospital- Se llamará Milagros. No podía ser de otra forma porque es mi milagro particular.
A su alrededor estaban todos: Carlos, sus padres, sus suegros, sus hermanos, primos y sobrinos. Sus caras reflejaban alegría y emoción contenida. Querían coger a la niña, abrazar a Ana, hablaban muy rápido, estaban muy nerviosos.
Entró la doctora en la habitación. Se sorprendió al verla tan llena pero no dijo nada. Tras tantos meses de embarazo había comprendido que éramos una familia muy unida, que compartíamos lo que sucedía y que era una niña muy deseada que había hecho feliz a mucha gente.
Ana no pudo evitar llorar. La emoción la embargaba y las lágrimas se deslizaban por su rostro sin que pudiera contenerlas. Lo habían logrado entre todos.
Todo ha salido bien –dijo la ginecóloga- Ahora tienes que descansar para poder irte del hospital cuando antes. La niña está perfecta y tú también. ¡Enhorabuena!
Muchas gracias, doctora –dijo Ana-, nos ha dado lo que mas deseábamos en el mundo y no hubiera sido posible sin su ayuda.
De eso nada –dijo ella-, has sido tú, con tu empeño, tu ilusión y tu esfuerzo. Olvídate de todo y disfruta de tu hija. ¡Felicidades a todos!
La doctora se fue con su bata al aire. En la habitación se hizo el silencio y, de pronto, todos empezaron a hablar a la vez. La felicidad les embargaba y todas las voces se alzaron a la vez. Ana miró a Carlos y a su hija y sonrió. Empezaba una nueva vida.








